• Silvia Resa López

Evitar la violencia invisible

Cuando se habla de violencia, no solemos caer en esa forma más sutil que no identificamos como tal, al tenerla integrada en nuestras vidas, quizá por haberla sufrido durante la infancia. Es por esto que, al igual que la generación anterior de adultos, nosotros la estemos aplicando a las personas de nuestro entorno. Se llama invisible por ser un tipo de agresividad que aparentemente no vemos. Desde el Coaching, entrenamos para evitarla



Culpar y juzgar son formas de violencia en sí mismas. Pero también lo son humillar, ignorar, despreciar, minimizar, desvalorizar e, incluso, criticar. Ya sé que suena muy fuerte; sin embargo, se trata de acciones que, quien más, quien menos, casi todos hacemos de manera cotidiana, si bien es cierto que de modo inconsciente.

Y es que todos tenemos una parte violenta, es una de nuestras sombras. Ese niño o niña herida nos sitúa, mediante el ego, en modo supervivencia y nos hace entrar en automático a la respuesta violenta.


Está en nosotros hacernos conscientes y responsables de esa parte, viéndonos, reconociéndonos y aceptándonos tal y como somos.

Hace unos días estaba compartiendo mesa con tres de mis personas favoritas en una preciosa terraza en las afueras de Madrid. Justo detrás de nosotros, en otra mesa, había una pareja almorzando y bebiendo.


En un momento dado, iniciaron una discusión en la que él pareció mostrarse más agresivo, hasta el punto de adelantar el cuerpo sobre la mesa, invadiendo el espacio que lo separaba de su pareja.


Sin embargo, era más un baile de comunicación no verbal que otra cosa, puesto que ninguno de los dos elevó el tono de voz. Tras la primera afrenta, hubo un rato de silencio. Después, él le pidió disculpas, esta vez de modo hablado.


Cuento así la escena, pero he de decir que casi la he recreado, pues de lo único que fui testigo fue del envite de él y de sus posteriores disculpas. No obstante, el ejemplo viene al caso, dado que momentos de agresividad como esos es fácil que los hayamos vivido, incluso protagonizado, ¿verdad?


El dolor del reconocimiento


“El kilómetro cero de la violencia es cuando no tenemos en cuenta las necesidades del otro, o incluso las propias”, dice la coach Andrea Zambrano, durante su intervención en el II Congreso virtual Educar en Calma; “si yo no puedo ver tu humanidad, estoy siendo violenta contigo, pues te estoy cosificando”.


Este encuentro online, creado por la coach especializada en sistema Montessori Elisa Molina, ha congregado a setenta expertos de rango internacional, quienes han tratado aspectos diversos de la crianza de los hijos, así como de los bloqueos y heridas asociadas en los adultos, educadores de niños y adolescentes.


“Como padres debemos ofrecer el contexto adecuado para cada hijo, que tiene su propia naturaleza y necesidades individuales”, dice Zambrano; “pues cuando no se ve esa naturaleza, no se perciben las necesidades y no se ofrece dicho entorno, es justo el momento en el que se produce la herida, al tiempo que el niño construye una coraza para protegerse”.



Al llegar a adulto, sus necesidades no cubiertas entran en conflicto con las de sus propios hijos, que son ahora quienes necesitan recibir; “sin embargo, es muy difícil dar algo que previamente no has recibido”, dice Andrea Zambrano; “porque se tiene esa hambre”.

“Ocurre entonces que entramos en la lucha de poder y por tanto en la violencia”, explica esta experta, que nos ilustra con el ejemplo de la disponibilidad; “si el adulto no la ha tenido ocurre que, al no haber disponibilidad para todos, se enfrenta a la elección de o para mi hijo o para mí”.


“Al manejarnos socialmente lo hacemos desde el paradigma de la dominación” dice Andrea Zambrano; “es un abuso de poder por parte del adulto, que es quien tiene los recursos”.

“Por eso es habitual caer en la violencia contra los niños, ya que, si somos adultos heridos, con necesidades no satisfechas, las de nuestros hijos nos confrontan y es el adulto quien siempre gana”, dice Zambrano, que reconoce que “es cierto que un niño tiene muchas necesidades, por lo que no es posible cubrirlas todas al 100%; no obstante, basta con que esté suficientemente cubierto, sintiéndose validado en todo momento”.



¿Cómo darnos cuenta de esa violencia invisible? Los expertos nos proponen reconocer y aceptar en nosotros mismos, como adultos, dónde están esas fugas de agresividad, las cuales podemos hacer conscientes si nos percatamos de:


  • Desconocemos nuestros patrones, cuáles son nuestras heridas del alma: rechazo, abandono, humillación, traición e injusticia.

  • No nos han enseñado a ver a nuestros hijos tal cual son: ni como deseamos, ni parecidos a nosotros.

  • Nuestro modelo de infancia no se basaba en la escucha, el respeto y la validación emocional.

  • Es posible que acabemos repitiendo ese modelo y esos patrones.

  • Socialmente existe el paradigma de ganar-perder. Es el “si yo tengo razón, tú no”, o también: “yo gano y tú has de hacer lo que te diga y llorar no te valdrá para nada”.


“No dejar llorar a un niño o a una niña, invalidarlo, es también una forma de violencia”, nos recuerda Andrea Zambrano, que nos propone “educar desde el vínculo”.

“El mensaje no se refiere a decirnos que no podemos sentirnos así, que no debemos gritar a nuestros hijos o qué personas tan malas somos”, dice esta coach; “se trata de un proceso de reconocimiento en el que hemos de ser autocompasivos, si bien es cierto que es doloroso, muy doloroso”


Andrea Zambrano nos invita a darnos permiso para tener esa parte humana, aunque haciéndonos cargo de ella; “pongámosle nombre para evitar normalizar esta violencia invisible, pues son actitudes que no sólo hacen daño a quienes nos rodean, sino también a nosotros mismos”.



El chacal y la jirafa


A partir de ese reconocimiento, se puede educar desde la conexión, el vínculo y el apego, tal y como explica Zambrano: “al cubrir esas necesidades, el niño crece seguro de sí mismo y de la vida, además de sentirse autónomo”; se trata del equilibrio entre la seguridad y la autonomía postulado por la Disciplina Positiva.


Esta filosofía, definida por la doctora Jane Nelsen, se basa en un método educativo que parte del respeto, la firmeza y la comunicación asertiva, efectiva y alentadora con los niños.

“Con nuestros hijos los conflictos van a surgir, tarde o temprano, más cuando se cuida la conexión, la forma en la que nos tratamos, pueden sostenerse; también durante la adolescencia”, dice esta experta, que nos aclara que “es una estrategia de poner límites, no accediendo a todos los caprichos del hijo, quien ha de comprender que existen normas”.

Es cierto que, en ocasiones, los niños no entienden los límites, quizá por falta de madurez; no obstante, son los adultos quienes finalmente deciden; “la responsabilidad es adulta, por lo que sostener esa necesidad, más la emoción, más la verbalización cuando un niño dice ‘no quiero’ es muy distinto al aserto ‘porque lo digo yo’”, dice Zambrano.


Es esta distinción lo que define los dos tipos de lenguaje adulto: chacal o jirafa. El primero se expresa, sobre todo, mediante la comunicación no verbal: una actitud, un resoplido, evitar mirarle a los ojos, dejarlos en blanco o no escuchar.

El lenguaje del chacal nace del juicio, de la exigencia y es proclive al castigo.


La jirafa, el mamífero con el corazón de mayor tamaño y el cuello más largo, simboliza la visión sin juicio, desde su propia humanidad, partiendo de lo que sienten y necesitan.

Hablar el lenguaje de la jirafa implica estar presentes, disponibles, mostrarse empáticos, humanos y compasivos; “al tomar consciencia como padres es cuando podemos influir, desde la conexión y el vínculo, poniendo los límites que requiera el momento”, dice Andrea Zambrano.



¡Feliz Conexión! ¡Feliz Vínculo! ¡Feliz Coaching!

Y recuerda que…

  • Culpar, humillar, invalidar, ignorar e incluso criticar son formas de violencia invisible, al no percatarnos de ellas.

  • Está en nosotros hacernos responsables de esa parte agresiva, viéndonos, reconociéndonos y aceptándonos tal y como somos.

  • Hemos de aprender a ver a nuestros hijos tal cual son: ni como deseamos, ni siquiera parecidos a nosotros.

  • Al hacerla consciente, asumiendo nuestra parte más humana, podemos evitar la violencia invisible.

  • El lenguaje de la jirafa implica estar presentes, disponibles, mostrarse empáticos, humanos y compasivos con los más pequeños.

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