• Silvia Resa López

El alma herida

Actualizado: may 11

¿Sabes que la mayoría de las personas tenemos el alma herida? Puede tratarse de un simple corte, una rozadura emocional que, con el paso del tiempo, llega a desgarrarse. Conocerse, para localizar dónde está la lesión y qué es lo que la ha activado en ese momento, nos permite cauterizarla y dejar de sufrir. Desde el Coaching te invitamos a cerrar tus heridas del alma


Dicen los expertos que las heridas del alma son necesidades emocionales no resueltas que surgen durante la infancia a partir de nuestros progenitores y/o cuidadores adultos. Son en total cinco, que llegan o no a activarse a lo largo de nuestra vida, y en distintos grados, dependiendo de qué es lo que nos pase y de cómo lo afrontemos.

La buena noticia es que podemos restañar esas llagas o rozaduras a través de diversas herramientas de sanación que, desde el Coaching, te propongo entrenar.

Hace unos meses, una persona ha entrado en mi vida de una manera algo intensa, aunque no molesta. Mi primera intención fue la de marcarle un límite férreo, quizá motivada por mi propio instinto de supervivencia (el ego, ¿recuerdas?)



Sin embargo, mi intuición me ha propuesto lo contrario: permitirle que entre en mi vida. Cuando decidí dar el OK a esta decisión, me pregunté el para qué, reflexioné a propósito de qué había detrás. Y la emoción me respondió apuntándome hacia varias de mis heridas del alma, que esta persona me activaba. Especialmente las del rechazo y de la traición. Me explico.


Esta persona volvió a abrirme ambas heridas, que aunque producidas cuando tan sólo era una niña, se reabrieron en la adolescencia, a través de quien creía que era mi mejor amiga por entonces. María del Mar era (y posiblemente seguirá siéndolo) una persona de conducta algo dual, intelectualmente brillante y emocionalmente retraída, algo seca.


En aquellos días, mi expresión emocional estaba tan volcada al exterior que en mí misma casi ni me fijaba, por lo que el rechazo y la traición volvieron a abrirse en mi alma. Ella solía rechazar mis intervenciones, casi siempre en clave optimista y alegre, como “tonterías”, juicio que acompañaba con un gesto de desaprobación. En cuanto a la traición, la ejercía utilizando nuestra amistad tan sólo en los momentos en que ella no tenía a nadie más con quién relacionarse.


Tarde algo de tiempo en darme cuenta, pero al hacerlo lo que hice fue huir, alejarme sin darme cuenta de lo que le había pasado a mi alma.


Tal diagnóstico acabo de realizarlo hace unos días, cuando me he dado cuenta de que ambas heridas volvían a escocerme. Lo cierto es que no las había limpiado, ni cauterizado, por lo que seguían supurando, lo cual me producía sufrimiento. En pequeñas dosis, pero sufrimiento, al fin y al cabo.


El alter ego de María del Mar, Susana, me ha permitido darme cuenta no sólo de la activación de dos de mis heridas, sino que esta vez también de cómo curarlas, para que cicatricen.


Las cinco heridas del alma


“Todos venimos al mundo para que nos quieran, para ser amados”, dice Marta Nadal, socia de la consultora Visage y experta en Morfopsicología, entre otras disciplinas; “las heridas del alma responden a un orden, van entrelazadas y se deben o bien al padre, a la madre o bien a ambos”


Sea de quien sea la autoría, Marta Nadal propone “reconocer la responsabilidad de nuestros progenitores, aunque no la culpabilidad”, dado que esas heridas las transmitimos sin ser conscientes de ello.




“Las heridas son señales que quedan registradas en el cuerpo, en el rostro”, dice Nadal; “una vez producidas, siempre las llevamos con nosotros, pero cuando nos hacemos conscientes de ello, evitamos que vuelvan a abrirse”


  • Herida del rechazo. Suele producirse durante la primera infancia, incluso de forma previa al nacimiento. Se activa con el progenitor del mismo sexo (si se trata de una niña, la madre; si se trata de un niño, el padre) y conlleva el sentimiento de no merecer. El arquetipo es el de adolescente de cuerpo pequeño y delgado, que cubre su cabeza con una capucha, para ser invisible, para favorecer la huida. También la adicción a sustancias tóxicas como drogas y alcohol.


  • Herida del abandono. Se despierta en la infancia, entre el primer y tercer años de vida. Está promovida por el progenitor del sexo contrario. El sentimiento es de no ser reconocido, de haber sido dejado solo, victimismo que conlleva el temor a la soledad y la necesidad de atención.

El adulto con esta herida se reconoce como aquella persona que desea agradar, que se fusiona con los demás. “El miedo a perder te hace perder”, dice Marta Nadal, a modo de eslogan para este tipo de llaga en el alma.


  • Herida de la humillación. Aparece entre los primeros tres años de vida y también en la primera adolescencia. Esta herida la suscitan ambos progenitores y guarda relación con la herida del rechazo. Se trata de adultos con miedo a la libertad, puesto que de niños se han sentido prisioneros, retenidos, controlados. Su conducta se caracteriza porque cargan con muchas obligaciones, sean o no suyas, bajo el lema del “yo puedo con todo”. Atraen además situaciones en las que son humillados, como si de ese sufrimiento extrajeran placer o disfrute. Se activa cada vez que se compara con otros.


  • Herida de la traición. Surge entre los dos y los cuatro años de vida del niño y se despierta a través del progenitor de sexo contrario al pequeño. Está relacionada con la herida del abandono. La provoca la pérdida de confianza en ese padre o madre y se manifiesta en la necesidad de control que tiene el individuo. Son personas con conducta impaciente, son rápidos e incluso seductores; exhiben fuerza, aunque no poseen tal valor y mantienen la hipervigilancia, desconfiando de las intenciones de los demás.


  • Herida de la injusticia. Ésta se forma entre los cuatro y los seis años; tiene que ver con la herida del rechazo y responde a una relación autoritaria y fría por parte del progenitor del mismo sexo. De adulto se muestra perfeccionista, crítico y, a pesar de ser hipersensible, distante. Tienen un alto nivel de autoexigencia.




“En ocasiones, la persona tiene algunas o todas las heridas pero en un grado pequeño, por lo que no se activarán en la vida”, dice Marta Nadal, experta en heridas emocionales; “el grado te da el equilibrio”.


Identificar y sanar


“Detrás de cada herida vivida en la infancia aparecerá una máscara que usaremos para protegernos, la cual nos evitará ser nuestra mejor versión como personas”, dice Marta Nadal, que atribuye las figuras del huidizo, el dependiente, el masoquista, el controlador y la rigidez como máscaras que son la consecuencia respectiva de las heridas del rechazo, abandono, humillación, traición e injusticia.

¿Qué podemos hacer para sanar esas heridas emocionales? Desde Visage nos invitan a restañar nuestras llagas y rozaduras del alma mediante los pasos siguientes:


  1. Reconocer cuál o cuáles son las heridas que sientes y qué hay detrás de ellas, cuál es la emoción principal. Identificar qué y quién te lo provocó. Otorgar la responsabilidad, en vez de la culpa, a dicho progenitor.

  2. Desahogar el dolor que emana del desgarro. Permítete sentir lo que sea que fluye desde tu interior.

  3. Dar voz al dolor. Te proponemos que evites entrar en bucle emocional, permitiéndote en cambio ser honesta y sincera con tu pena.

  4. Autocuidado. Te invito a que no esperes obtener aquello que no tuviste en tu infancia. Te propongo que trasciendas, que vayas más allá de las expectativas, centrándote en tus necesidades reales y actuales.

  5. Reconciliarnos con nosotros mismos. Resolver qué hay tras tus cicatrices emocionales es darte permiso para llegar a ser la mejor versión de ti mismo. Te propongo que enuncies tu reto.

  6. Dar espacio a tu verdadero yo. Valores como la sinceridad y la autenticidad tienen ahora más sentido que nunca. Estar bien contigo mismo, ya que “si te resistes a lo que te pasa, no eres tu mejor versión”, dice Marta Nadal.

  7. Saber lo que quieres. Al quererte podrás repararte y establecer tu alineación entre el sentir-pensar-hacer.


Se dice que estas heridas se transmiten de modo inconsciente de padres a hijos; ¿cómo no provocar tales heridas en nuestros hijos? “en este punto es relevante aceptar a la madre y/o al padre, comprender que lo hicieron lo mejor posible con los recursos que tenían”; dice Marta Nadal; “pues si no acepto a mi madre es como si no me aceptara a mí misma”



¡Feliz Cicatrización! ¡Feliz Coaching!

Y recuerda que…

  • Las cinco heridas del alma son necesidades emocionales no cubiertas que aparecen en la infancia y pueden abrirse al hacernos adultos

  • Venimos al mundo para ser amados, aunque el origen de nuestras heridas parte de nuestros padres.

  • Cuando nos hacemos conscientes de nuestros desgarros emocionales, evitamos que vuelvan a abrirse

  • Rechazo, abandono, humillación, traición e injusticia son las cinco heridas que se corresponden con las máscaras del huidizo, el dependiente, el masoquista, el controlador y el rígido

  • Si queremos evitar trasladar las heridas a nuestros hijos, hemos de aceptar a nuestros progenitores

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