• Silvia Resa López

¿Crees que eres gordofóbico?

¿Sueles hablar de dietas? ¿Eres sincericida al comentarle a tu amigo que lo que ha de hacer es adelgazar? ¿Crees que la delgadez es símbolo de belleza? En cuanto a ti misma, ¿temes engordar? ¿Cómo te sientes con respecto a tu cuerpo?



Hace ya algún tiempo, una de mis personas favoritas sufrió lo que se conoce como un ataque gordofóbico. Lo cuento.

Estábamos cuatro personas charlando y, de pronto, una de ellas se fijó en el perfil de otra, interrumpió bruscamente la conversación y con un estilo verbal agresivo y sin filtro alguno exclamó: “pero vaya tripa, ¿de dónde ha salido esa barriga?” y prosiguió: “el otro día hablé con Manuel y me preguntó por ti y le dije que estabas bien, aunque no me había fijado realmente cómo estás, ¡qué barbaridad!”


La persona aludida, al igual que quienes hacíamos de testigos, quedamos en principio mudas ante el ataque infligido. Fue esta otra testigo quien centró de nuevo la conversación en el tema que, al parecer, interesaba a todos salvo a quien había proferido la agresión verbal.


Respeto propio y ajeno


Tengo una amiga que distingue entre ser y estar gorda. Ella asume esto último de sí misma, empleando la expresión “ser gorda” como forma de insulto hacia aquellos por quienes se siente agredida.

“Más allá del estado de salud de un cuerpo, de su forma, de su peso, de sus capacidades o de su apariencia, todas las personas merecen respeto y una vida libre de discriminación y violencia”, se recoge en la “Guía básica sobre gordofobia”, elaborada por el Instituto Canario de Igualdad (ICI).




En sentido genérico, la gordofobia se define como el rechazo, la manifestación de violencia e incluso de odio que sufren las personas gordas por el hecho de serlo.

Sin embargo, en términos más amplios, conlleva la discriminación basada en prejuicios hacia los hábitos, costumbres y salud de esas personas, infiriendo que el cuerpo gordo es una respuesta a la falta de voluntad o de autocuidado. El broche final de dicha estigmatización consiste en que una persona que está gorda debe merecer un castigo en forma de burla o de rechazo.


La gordofobia es, pues, un tipo de discriminación que podemos encontrar en todas partes; funciona de manera automática, normalizada y sin ser apenas cuestionada. Se diferencia entre una forma externa, que se expresa en el rechazo a las personas que están gordas, y otra interna, caracterizada por el miedo a engordar.


Una práctica de gordofobia invisible suele expresarse mediante conductas sincericidas tales como expresar la opinión acerca de la subida o bajada de talla de la otra persona, recomendarle una dieta milagro, un medicamento mágico o la actividad deportiva más aconsejable para su peso.


Todo ello, claro está, sin ser profesionales de las áreas de nutrición o salud y, por supuesto, sin que la persona a la que juzgamos como gorda nos haya solicitado nuestra opinión. Esto también es gordofobia.

De poco vale argumentar que lo decimos “en aras de su salud”, ya que no es cierto. Por eso, desde el Coaching, te propongo que cada vez que te sientas tentado a manifestar lo que piensas a la otra persona, reflexiones un momento y te hagas algunas de las siguientes preguntas:


  • ¿Voy a socavar la autoestima de la otra persona al considerarla gorda y manifestárselo?

  • ¿Molestaré de alguna manera a quien proponga dietas o actividades deportivas por las que sé que no tiene ningún interés?

  • ¿Soy consciente de la humillación y vergüenza a la que podría someter a esa persona a quien veo gorda?

  • ¿Qué beneficio obtengo mediante estas conductas sincericidas?

  • ¿Qué se esconde detrás de mis afirmaciones y juicios? ¿Me juzgo también a mí misma?

  • ¿Me gusta comer? ¿Cómo es mi relación con la comida? ¿Como con culpa?

  • ¿Me gusta mi cuerpo tal cual es hoy?

  • ¿Me comparo con otras personas en materia de talla? ¿Cómo me siento con la mía?

  • ¿Identifico la gordura con la fealdad y la delgadez con la belleza? ¿De dónde me vienen esas creencias?

  • ¿Quién considero que está gordo en mi familia y en mi entorno? ¿Cómo me relaciono con esas personas?

  • ¿Respeto a amigos, familiares y conocidos? ¿y a mí mismo?

  • ¿Utilizo el término gordo como una manera de insulto o improperio?




La regla de los cinco segundos


Reconozco mi escepticismo a propósito de las curas milagro; no obstante, de existir alguna aplicable en relación a la gordofobia, casi seguro que partirá del Coaching.

Es desde este punto desde el que te planteo qué podemos hacer en nuestro entrenamiento del día a día para terminar, entre todos, con este tipo de violencia.


  • Visibilizar la diversidad corporal. Tal y como se dice en el informe del ICI, el hecho de reivindicar modelos estéticos más abiertos no supone idealizar la obesidad, como tampoco hacerla invisible.

  • Aplicar la regla de los cinco segundos. En el citado informe se recoge un entrenamiento curioso para evitar la conducta gordofóbica: “la regla de los cinco segundos consiste en comentar del otro sólo aquello que pueda solucionarse en dicho margen de tiempo, como una cremallera abierta, un botón desabrochado o algún resto de comida entre los dientes”.

  • Identificar cómo la obesidad afecta a tu vida. Abandonar la culpa y el pesar por el uso de las tallas grandes, o por el hecho de que te guste comer.

  • Aprender a amar la imagen que proyectas. El respeto por ti misma, por quién eres, por tu cuerpo y tu persona te lleva a sentir algo similar por los demás.

  • Confrontar el miedo a enseñar tu cuerpo, a comer en público, a ser juzgado o a ser estigmatizada.

  • Desechar la idea de que conocemos todo de alguien tan sólo con mirarlo. Preguntarnos qué hay detrás en materia de creencias y juicios, también hacia nosotros mismos.

  • La ley de la señora Conejo. Reconozco que me encanta recordar, siempre que viene al caso, la ley de la señora Conejo, la madre del personaje de Tambor en la inolvidable “Bambi” (Walt Disney, 1942) y que sigue en pleno vigor.




En dicha escena, hace repetir a Tambor su norma fundamental, que reza así: “si al hablar no has de agradar, te será mejor callar”.

Para quienes habéis llegado hasta aquí, os desvelo cómo quedó aquel ataque a una de mis personas favoritas.


Al quedarme a solas con la atacante, le afeé la conducta, proponiéndole que fuera consciente de la humillación y vergüenza a la que había sometido a su víctima.

Ella se defendió, argumentando que lo hacía “por su bien, por si no se había dado cuenta de lo que había engordado”.


Fue entonces cuando me percaté de algo relevante: esta mujer que había expresado conducta gordofóbica hacia una tercera persona mostraba un perfil bastante cargado de hombros, como si portara un gran saco muy pesado, al tiempo que exhibía una generosa tripa.

Comprendí que su prejuicio contra el sobrepeso y la gordura lo tenía, en primer lugar, hacia sí misma. Es decir, no hacía más que proyectar la insatisfacción con su propio cuerpo, que al parecer no aceptaba.


Un apunte final: “la gran presión por mantenerse delgadas, siempre jóvenes y canónicamente bellas es la violencia estética”, dice la socióloga Esther Pineda. Por su parte, la escritora Naomi Wolf, considerada una de las principales representantes de la tercera ola feminista, dice que “la obsesión social por la delgadez de las mujeres poco tiene que ver con la belleza y mucho con la obediencia, la debilidad corporal y la fragilidad mental”.


¡Felices y Sanas Reflexiones! ¡Feliz Coaching!


Y recuerda que…

  • La gordofobia es el rechazo y el desprecio por las personas gordas o con sobrepeso.

  • Más allá de la salud de un cuerpo, de su forma o de su peso, todos merecemos respeto y una vida libre de discriminación y violencia.

  • Aprende a amar la imagen que proyectas, respeta quién eres, tu cuerpo y a tu persona.

  • Te propongo confrontar el miedo a enseñar tu cuerpo, a comer en público, a ser juzgado o a ser estigmatizada.

  • Y recuerda la ley no escrita de la madre de Tambor, en la inolvidable “Bambi”: “si al hablar no has de agradar, te será mejor callar”.

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