• Silvia Resa López

Mejor sin tóxicos

¿Conoces a alguna persona tóxica? ¿soportas sus ataques gratuitos contra tu persona, tus conductas y tu forma de pensar? ¿desearías contestarle con una respuesta ingeniosa cada vez que te lanza un ataque verbal? ¿qué haces cuando estás con esa amiga, ese familiar o aquel vecino que, nada más verte, se lanza hacia ti con una acusación, una burla e incluso una humillación? Desde el Coaching te propongo algunas fórmulas...



Desde el punto de vista emocional, también intelectual e incluso físico, hay personas que son capaces de hacer salir lo mejor de una; en cambio hay otras dedicadas a todo lo contrario. Estas últimas son a quienes se conoce como individuos de conducta tóxica, estableciéndose una escala de menos a más según les vamos permitiendo que continúen en su posición de ataque.


Son personas cuyos comentarios airados hacia situaciones pasadas, críticas coléricas hacia casi todo y en general un pensamiento negativo que se convierte en rumiación, acaban por transmitírnoslo, como si de una enfermedad se tratara.


Dicha toxicidad puede ser sólo hacia nosotros, e incluso que se produzca en ocasiones específicas; dicho rol puede desempeñarlo tanto una amiga íntima, como nuestra pareja, un familiar o una vecina a quien le gusta jugar al ratón y al gato con nosotros.

Independientemente de la razón que promueve tales comportamientos tóxicos, y sean o no habituales, en Coaching ponemos el foco en nosotros mismos, en el qué puedo hacer yo frente a un ataque verbal, o ante el contagio de la ira de esa persona, dado que las emociones se contagian y tanto más cuanta mayor sea la sensibilidad que desarrollemos.


Pagar por ser amiga


Hace años, al quedar con una de mis mejores amigas, nos reunimos en un restaurante italiano para tomar algo. Dado que nuestro tiempo de conversación se alargó, lo que iba a ser un aperitivo se convirtió en un almuerzo. En aquel momento, Diana andaba apurada en cuanto a finanzas se refiere, ya que su situación laboral era inestable. Como yo conocía este hecho, al traer la cuenta insistí en invitarla. Cuando el camarero se alejó, ella comentó, casi entre dientes: “qué bien, es genial esto de que le paguen a una por ser tu amiga”.



Mi reacción fue la de quedarme helada, como si me hubieran echado agua por la cabeza. Creo que encima contesté algo amable, como disculpando lo que a todas luces había sido un ataque verbal muy tóxico. Lo que pasó después ya ni me acuerdo: sé que me despedí de ella dándole dos besos, cogí el coche y regresé a mi casa. Lo que sí recuerdo es que, según avanzaba, mi sensación de desamparo iba en aumento, convirtiéndose en enfado e incluso en una necesidad de venganza.


En aquel momento me culpé por no haber tenido a punto una de esas respuestas ingeniosas con las que haber parado el golpe, la humillación, y no hacía otra cosa que darle vueltas y más vueltas a lo ocurrido. Tiempo después he aprendido a detectar esas conductas tóxicas que, de vez en cuando, algunas personas esgrimen. Me entreno para responder, pero, sobre todo, para blindarme con el escudo de lo que la hija de mi amiga Paola expresa con humor como “se me da importa”. Es decir, la conducta tóxica o el ataque verbal son responsabilidad de la persona que los emite, por lo que no han de afectarme, pues para mí no son reales.


Trabajo interior


“¿Podemos impedir que los demás nos contagien su mal humor?”, se pregunta Bárbara Berckhan, autora de “Cómo defenderse de los ataques verbales”, cuya lectura me ha resultado divertida, a la par que instructiva, por cierto. Para esta experta en comunicación, “el trato desconsiderado entre la gente se propaga como una epidemia de gripe”, siendo una situación que “al repetirse de forma tan frecuente la consideramos habitual”

Berckhan dice que “necesitamos defensas para combatir los estados de ánimo de los demás; para ello es importante distanciarse”; al más puro estilo Coaching, nos propone la siguiente declaración de independencia: “evito que mi estado de ánimo dependa de los demás, por lo que no importa cómo las den, pues ahora soy yo quien decide cómo las tomo” y nos recomienda crear nuestro propio escudo emocional.



Para ello nos propone recordar una situación en la que mantuviéramos la calma en un entorno agresivo y/o irritante. Al imaginarlo, recreamos ese contexto y especialmente cómo nos sentíamos, visualizando que los disgustos nos rebotaban como una pelota de tenis.

A continuación, recreamos un escudo invisible en torno nuestro, para que nos proteja al igual que una pantalla antibalas, pero a través del que podemos oír y ver lo que ocurre alrededor. Escoge una frase, a modo de mantra, incluso en tono de humor, del estilo del “se me da importa”, o también la retahíla infantil del “bota, rebota y a ti te explota”. Te propongo que entrenes la estrategia del escudo cada vez que te encuentres en una situación complicada, en la que percibas tensión, estrés y toxicidad, pues de esta forma te posicionarás en tu propio espacio seguro, podrás tener la cabeza fría y ello te permitirá elegir la respuesta que desees dar a tu agresor.


No obstante, desde el Coaching te invito a que reflexiones acerca de los factores que te bloquean, las situaciones en las que te sientes impotente, aunque airada, por lo que te dicen otras personas. Para ello, unas preguntitas:


  1. ¿Qué pensamientos te afloran cuando te agreden con conductas o frases tóxicas?

  2. ¿Qué emociones te provocan? ¿Sientes culpa?

  3. ¿Qué hay detrás de tales ideas y sensaciones? ¿a qué momento de tu vida te retrotraen, sea o no cercano en el tiempo?

  4. Si localizas uno de esos escenarios, te invito a recrearte en él; sumérgete en la situación, vuelve a representar ese rol. Siente las emociones que experimentaste e inventa otro final para esa acción.

  5. ¿Cómo te sientes ahora, protegida con tu escudo imaginario?

  6. ¿Qué representa o representaba para ti esa persona? ¿te hubiera gustado seguir con la relación que mantenías con ella? ¿sigues teniéndola? ¿cómo crees que puedes marcar tu autoridad?

  7. ¿Qué te impide lograrlo? ¿Cómo lo vas a conseguir? ¿Cuándo?


Métodos propios


Bárbara Berckhan aclara que “los agresores no suelen anunciar sus ataques, que nos cogen desprevenidos, resultando algo doloroso que nos bloquea” Dice esta experta que este tipo de personas atraen toda nuestra atención, provocando que no nos fijemos en nosotros y consumiendo nuestra energía; “para romper el hechizo es necesario desviar la atención, ya que lo más importante no es el agresor o lo que haya dicho, sino nuestro bienestar”.

Entre las técnicas recomendadas por Beckhan, te propongo las siguientes:


  1. Esquivar al agresor mediante gestos mudos. Sea una acción o una declaración con lo que te agreden, puedes responder mediante gestos, sin decir una palabra. Abre mucho los ojos, como si el otro fuera un marciano, haz un ademán de saludo con la cabeza y evita responder.

  2. Desvía el tema del ataque tóxico. Si te dicen que tu trabajo es una porquería, puedes responder: “¿sabes?, tengo entendido que va a seguir toda la semana con el mismo calor; a mí me encanta el sol”

  3. Comentario monosilábico. Ante una increpación del estilo: “¡qué asco de puré te ha quedado! ¿es que no sabes ya cocinar?” tú puedes responder con una sola palabra: “¡bien!”

  4. Emplea un refrán inapropiado, que no tenga que ver con el tema suscitado en el ataque verbal tóxico. Es una de mis técnicas favoritas. Pongamos por caso que la agresora te dice “me acabo de fijar en qué grandes son tus pies, madre mía, ¿qué número gastas?” Tu respuesta podría ser: “como dice el refrán, en casa del herrero, cuchillo de palo”, o también “en abril, lluvias mil” e incluso puedes inventártelo: “al mal tiempo, vísteme despacio”

  5. Responde con una pregunta directa. En el ejemplo anterior, tu respuesta podría ser: “¿qué entiendes por pies grandes? ¿crees entonces que los míos lo son?, bien”.

  6. Hazle un cumplido. Siguiendo con el caso de más arriba: “es que yo no tengo tus pies de princesa, tan pequeñitos y bien formados”

  7. Constatación objetiva. Seguimos con el ejemplo de los pies grandes: “parece que no te gustan mucho los pies, sobre todo si no son pequeños”



Mediante este tipo de respuestas se consiguen varios efectos: por un lado, se frena al agresor, su toxicidad, al quedar desconcertado; también se evita caer en el charco, en la provocación del atacante, que lo que busca es proseguir con su plan de humillar y zaherir al otro. Además, la distancia emocional que se establece con tu respuesta te permitirá pensar en frío, decidiendo cuál será tu próximo movimiento.


Te invito a emplear otras técnicas en el caso de que la persona y/o el asunto te importen de verdad. Por ejemplo, si se trata de una situación en la que te interesa seguir la relación, por ser un tema laboral o de personas con las que has de seguir relacionándote, te invito a que, tras el ataque, respondas con frases como “por favor, seamos objetivos” o también: “es la segunda vez que me interrumpe, déjeme acabar, por favor”.


Pero si el caso implica a tu pareja, a un familiar al que estás muy unida o a un amigo de verdad, te propongo la estrategia de hablar claro, por ejemplo, mediante frases como “lo que acabas de decirme parece un ataque personal”, haciéndole ver qué emoción te suscita.

Algo así me he planteado recientemente, pensando en mi relación con Diana. Puede que, si en ese momento hubiera recapacitado a propósito de la importancia que ella tenía para mí, le hubiera hablado claro y me hubiera mostrado incluso ofendida frente a su comentario, para hacerle ver dónde estaban los límites. Sin embargo, lo dejé pasar, aunque siguió haciéndome daño. Ella continuó con sus ataques verbales, incluso por teléfono, que era como más hablábamos tiempo después. En una de las últimas ocasiones volvió a decirme algo que me propinó una especie de bofetada emocional.


Tras contarme hechos y emociones relacionadas con su familia y quejarse con amargura, intenté aliviarla con nuevos temas de conversación. Cuando llevábamos unos minutos me dijo que me tenía que dejar porque “tenía la oreja colorada”, lo que sólo le pasaba al hablar conmigo. Me dio tanta rabia que le dije adiós y corté… pero no sólo el teléfono, sino la relación de amistad, pues no era tal. Ahora, mientras redacto el tema, doy gracias a Diana por haberme enseñado a distinguir lo que me produce bienestar.




¡Feliz Réplica! ¡Feliz Coaching!

Y recuerda que…


  • Hay personas capaces de sacar lo mejor de uno y en cambio otras dedicadas a todo lo contrario mediante conductas tóxicas

  • En Coaching ponemos el foco en nosotros mismos, en el qué puedo hacer yo frente a un ataque verbal, o ante el contagio de la ira del otro

  • Frente ataques y toxicidades, podemos crear un escudo invisible en torno nuestro, para que nos proteja, al igual que una pantalla antibalas

  • Para romper el hechizo es necesario desviar la atención, ya que lo más importante no es el agresor o lo que haya dicho, sino nuestro bienestar

  • Diversas técnicas como la del refrán inapropiado, la respuesta monosílábica o el halago frenarán la toxicidad del agresor

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