• Silvia Resa López

¿Es el azúcar el sustituto del amor?

En su segundo libro, la nutricionista integrativa Neus Elcacho nos propone el reto de los 21 días para eliminar la glucosa de nuestra dieta

“Nuestra memoria sensitiva nos recuerda el sabor dulce de la leche materna lo que, unido a anclajes positivos como la experiencia de comer chucherías en la infancia, les da a estos sabores una gran fuerza” es la tesis de la coach integrativa Neus Elcacho en su primer libro, la misma idea en la que profundiza a lo largo de su segundo título, “Amor sin azúcares añadidos”, en el que nos invita a fijar durante 21 días una dieta sin azúcar, en un viaje emocional hacia nuestro interior. Lo ha presentado el 23 de abril, Día Internacional del Libro, a través de redes sociales, dada la situación de cuarentena




“Amor sin azúcares añadidos” ¿es un libro de trabajo? ¿un diario Coaching con el reto definido?


Es un libro de autorreflexión, crecimiento personal, de recetas, es un libro-libreta. Mi objetivo se ha centrado en trabajar más profundamente el tema de mi primer libro, la dieta de las emociones y la visión que tenemos de la alimentación, y no tanto porque el azúcar sea mala, sino porque hay una relación más estrecha con los dulces de lo que muchos creen. En el mercado hay bastante información sobre los inconvenientes del azúcar y su relación con la obesidad, en cambio casi no hay nada a propósito del hambre emocional, o de cómo nos limita la relación con el dulce. Diseñamos un menú que fuera para todo el mundo, fácil y práctico, pero con un toque saludable, porque cuando se sigue una alimentación equilibrada no nos damos cuenta de que nos estamos desenganchando del azúcar. Ya digo que no hay que demonizar ningún alimento, tampoco los dulces los cuales podemos elaborar nosotros mismos, pero sin azúcar. En total hay 21 recetas que enmarcan cada una de las 21 jornadas del reto; lo cual no quiere decir, por cierto, que tengamos que comer una de ellas cada día, sino que se trata de un complemento para acompañar esa relación emocional con la comida.


¿Para qué has escogido la emoción del amor, ligada a la alegría y la felicidad?


La editorial me propuso que escribiera sobre el amor; pero pensando en la continuación de mi primer libro y especialmente la parte emocional, se me ocurrió profundizar y sumé el reto sin azúcar al concepto del amor, pues lo dulce es una de las formas de “llenarnos de amor”, o eso creemos. Hay una parte del libro que se detiene en ver dónde he aprendido todo lo que sé del amor, tanto desde el punto de vista cultural, como social y familiarmente, pues este sentimiento está en todo lo que hacemos. La casa con amor es el hogar, que pertenece a un entorno, a una ciudad, a un país, a la tierra que forman parte de uno mismo. En “Amor sin azúcares añadidos” invito a que el lector se pregunte ¿cómo aprendiste a querer? o también ¿esperas demasiado de los demás?. Es cierto que para responder tiene que ser ése el momento, cada cual tiene el suyo. Coges el libro porque quieres dejar el azúcar y resulta que te llama la atención la palabra amor y tienes lo que necesitas sin saberlo a priori.


¿Cómo es eso del amor sin azúcares añadidos? ¿Cuál es esa relación entre glucosa y afectos?


Amor y autoestima tienen un enlace directo con el azúcar, dado que el primer sabor que experimentamos en nuestra vida es el de la leche materna, que es dulce y se relaciona en nuestro inconsciente con la protección, el mimo y el cariño que se nos da; posteriormente, a lo largo de nuestra vida, desde ese inconsciente se nos pide el producto dulce como herramienta de resolución de los conflictos emocionales que nos van surgiendo. La industria alimentaria conoce esta necesidad y nos ofrece referencias golosas, con lo que vamos entrando en el consumo progresivo de tales productos, a los que nos volvemos adictos tanto en cantidad como en intensidad, es decir, cuanto más azúcar consumimos, más alta tiene que ser su proporción en el bollo, tarta o helado que tomemos, por lo que cronificamos su ingesta.


¿Qué podemos hacer? Pues ver cómo estoy trabajando esa necesidad de amor en mi vida, hasta qué punto me influye en mi día a día. Si, por ejemplo, tengo atracones de azúcar y pienso continuamente que hay dulce en casa, he de parar ese pensamiento y fijarme en mis vacíos, deficiencias en el qué hay detrás. No podemos hablar de alimentación sin hacerlo de amor, ni de éste sin hablar de vida.


Lo contrario al amor es el miedo. Las primeras semanas de confinamiento había una emoción general de miedo al futuro, acerca de la enfermedad, hacia la muerte, la falta de trabajo… esta sensación se va alargando en el tiempo y ocurren cosas que nos quedan lejos, pero para las que necesitamos un equilibrio emocional.


¿Qué hacemos para desengancharnos de lo dulce?


Empezaría por ser consciente de lo que como, si lleva azúcar, por conocer sus diversos nombres, pues la mayoría de los productos la incorporan, ya que sirve como conservante y como son referencias que no se compran habitualmente, echándoles azúcar consiguen un efecto de señuelo. Luego, me fijaría en cuál es el efecto fisiológico en mi cuerpo cuando ingiero esos platos. Está también en mi mano buscar alternativas a los alimentos que lleven azúcar en su composición, empezando por los que lo son al 100% y en la medida de lo posible, evitar comprarlos, elaborando mis propios menús sin glucosa.


Hay algo a tener en cuenta como es que normalizar la ingesta diaria de azúcar es perjudicial, pues aporta una energía rápida que se acaba convirtiendo en tóxico, además de dar mucho trabajo al organismo. El pH del organismo siempre es el mismo, el azúcar genera más acidez y descompensa procesos de nuestro organismo para poder alcalinizar; si bien es lo menos importante.


Estudios recientes han demostrado que aquellos niños cuyas madres tomaron ciertos alimentos durante la lactancia son los que ellos posteriormente toleraron mejor, pues eran sabores confiables, lo cual es producto de la interacción con el cerebro.





¿Es el azúcar el sustituto del amor?


Necesitamos que nos demuestren que nos quieren, que están agradecidos, que somos importantes para ellos; que nos abracen, nos escuchen y se rían con nosotros; en cambio, no necesitamos más vida edulcorada, ni más azúcares añadidos. Lo que necesitamos es amor. Al mismo tiempo, el azúcar en nuestra alimentación habla del tipo de amor que tenemos hacia nosotros mismos, hacia los demás, hacia la vida, el amor que hemos aprendido, el que atraemos y el que recibimos.


No obstante, cuando alguien prohíbe algo la respuesta habitual es contradecirlo; por ejemplo, si se dice que no hay que tomar azúcar, no se puede impedir su consumo sin más, sino que a lo mejor hay que ver qué hay detrás de esa compulsión por el dulce, o de ese consumo diario de azúcar, pues un atracón responde a una rabieta emocional. Y es que no nos paramos a atender a esa niña o a ese niño a los que no hemos escuchado ni siquiera ahora, cuando somos adultos. Ha pasado el tiempo y ese vacío que sentíamos sigue quedando, por lo que el problema continúa existiendo y entonces lo que se puede hacer es sustituirlo por otro elemento que cumpla tal función.


¿Tiene menos autoestima la gente golosa? ¿es acaso el apego inseguro el que nos impulsa a sustituir afectos no realizados por alimentos dulces?


En general se podría decir que sí, que tienen menos autoestima las personas golosas; sin embargo, no todos saben lo que es la autoestima, que más que centrarse en si nos importa nuestra imagen o no, supone tomar decisiones y actuar en consecuencia, ponerse por delante de otras personas. Me explico: por mucho que una se cuide no dejará de seguir queriendo a sus seres allegados, en cambio, si una no se cuida a sí misma, poco podrá dar a otros. En relación con ello, el problema emocional con el azúcar puede tener origen en una incorrecta autoestima; todas las heridas de nuestra niñez que tienen como base el respeto, el amor o la confianza implican la carencia de emociones que en un futuro necesitaremos llenar como adultos. Por eso es interesante ver qué paso en mi infancia con respecto al amor, cómo eran la comida y los cuidados que recibía, para darme cuenta de cómo ha influido en mi presente y a partir de ahí ver qué es lo que deseo cambiar. El primer paso es tomar consciencia de lo que me ha faltado, lo cual es ya de por sí un cambio.


Actualmente vivimos en cuarentena ¿cómo nos afecta desde el punto de vista emocional en relación a nuestra alimentación?


En casa encerrados se nos limitan las libertades, lo que puede hacernos comer más. Sentir las emociones también puede provocarnos ese apetito ficticio, por lo que invito a que si estás triste, enfadada o miedosa, quédate en esa emoción, pues si la tapas saldrá por otro lado y se generará una bola tremenda. Es importante ese trabajo de permitirnos estar como sea y la vida sigue con esa emoción. Cuando la aceptamos y la sentimos, baja por sí sola.

Visualizarla ayuda a que sea menos intensa. También propongo que si notamos que comemos con gula, si en ese momento conectamos con nosotros y nos preguntamos: qué me pasa, cómo estoy, este simple ejercicio puede ayudarnos a frenar. La alimentación es algo muy fácil, dado que representa la libertad de cada uno, es lo que podemos escoger.


En tu libro hablas de amar el vacío, para confrontar al aburrimiento ¿comemos más cuando estamos ociosos?


Aburrimiento… ¿qué tiene que ver con el amor? es un estado que genera emociones y forma parte de la naturaleza humana y no nos han enseñado a gestionarlo. Hoy se ha instaurado el modo multitarea, de manera que no podemos hacer sólo una actividad, por lo que cuando paramos como ocurre ahora, una forma de enfrentar ese vacío que no aguantamos ni sabemos confrontar es mediante la comida.


Ahora es más importante que nunca tener momentos de aburrimiento, silencio, inactividad y tranquilidad para equilibrar los niveles de estrés y sobreestimulación externa. Es relevante aprender a gestionar el aburrimiento en nuestra sociedad y conocer cómo reencontrarnos. Una gran mayoría de padres llenan los tiempos extraescolares de sus hijos mediante múltiples actividades; hay que preguntarse para qué lo hacen, si es porque creen que sus vástagos van a tener más oportunidades cuanto más se formen o es que no pueden sostener el hecho de tener a los hijos en casa. Para superar el aburrimiento se recomienda ocupar nuestro tiempo con actividades que sean lo más físicas posible, que haya tacto, pero también que provoquen la desconexión de nuestra mente.


¿Cómo se aborda desde el enfoque integrativo la alimentación y las dietas nutritivas?


En la manera de enfocar la consulta, pues el acto de comer no puede considerarse por sí solo; por un lado, escuchamos a la persona durante el tiempo y con la empatía que merece. Se observan todos los síntomas emocionales, físicos y a partir de ahí se le dan las recomendaciones a propósito de la energía, el estrés, pautas de autorreflexión, de cuidado personal o de cuidado del hogar, es decir, todo lo que pueda intervenir en lo que ingiere; por ejemplo, si no tiene tiempo para comprar o para cocinar también se tiene en cuenta.


Por eso una sola dieta no suele funcionar para todo el mundo, pues en ocasiones esa persona en concreto no puede integrarla en su día a día. Vamos aprendiendo para poder ayudar mejor al paciente y en el caso de que su perfil se vaya de una de las áreas de trabajo se le recomienda otra especialidad complementaria, como la de un preparador físico, un psicólogo, un cocinero o un asesor en consumo; se trata de hacerle ver su necesidad.


Afirmas que la relación con la comida es un reflejo de nuestra vida; por tanto, ¿si cambiamos la segunda se modificará la primera o al revés?


No nos permitimos ser, sólo hacer. Y nos pasamos la vida buscando constantemente fuera, en objetos, experiencias y en los demás. Casi siempre queremos más y tenemos más claro cuáles son nuestras comidas favoritas que las que son virtudes favoritas. Tenemos unos 60.000 pensamientos diarios y la mayoría son negativos, repetitivos y sobre el pasado o el futuro; empezaría por ver el resto de cosas, por ejemplo, qué está pasando en mi vida, porque si es el trabajo el que me produce estrés, posiblemente no lo solucionaré con una dieta; y además, para qué seguir en esa actividad: ¿para pagar mi felicidad, mi salud?, no porque no las tengo si siento ese malestar.


En estos momentos en los que no podemos ir afuera, ¿por qué no vamos hacia dentro, a nuestro interior?


Porque no nos han enseñado, no sabemos hacerlo y además la sociedad no lo favorece. El amor siempre es desde fuera: me voy a comprar, voy a tener, voy a conseguir y todo para sentirme mejor. Todos estos enganches quieren suplir una carencia y generarnos hormonas de satisfacción, confort y placer para contrarrestar la desconexión con nuestro interior.

Hay una necesidad de hablar y compartir tremenda; somos individuales, de tareas a solas y si se ha enseñado el trabajo en equipo es enfocado a lo profesional y académico, pero no en lo personal; no nos instruyen en el deseo del bien al otro, pero sí en el de competir, como si eso fuera a darnos la felicidad, por eso seguimos comparándonos y juzgando. Cuesta entenderlo, pero hay que empezar poco a poco.


¿Puede ayudarnos a cambiar el mundo una dieta sin azúcares añadidos?


Hay engarces genéticos como especie, otros que hemos ido aprendiendo y nos llevan a proyectar en los demás lo que no hemos hecho en nosotros; es el caso de algunos psicólogos que se han dedicado a ello porque necesitaban conocerse; se trata de un mecanismo que tiene el cuerpo ante lo que es importante para nosotros, algo que no hemos gestionado aún y deseamos cambiar. Entonces, vamos a intentar cambiarnos y ello producirá un efecto por contagio, pues está demostrado que algo tan sencillo como la sonrisa, e incluso el ritmo cardíaco uniforme son contagiosos.




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