• Silvia Resa López

Cómo nos hablamos

¿Te gusta cómo te hablan? ¿Qué persona es la que te dice las cosas mejor? ¿Con quién mantendrías una conversación sin término? Y tú ¿cómo cuentas las cosas a los demás? ¿Cuál es tu forma de comunicarte? ¿Con qué lenguaje lo haces? ¿Y contigo mismo? ¿Crees que debes hablarte de otra manera?


Hace años acudí, con una compañera de trabajo, a una presentación para prensa basada en un estudio de consumo de una línea de productos. Al llegar a la sede de la empresa que nos convocaba, la persona responsable de comunicación nos explicó el desarrollo del evento, que en realidad consistía en hacernos partícipes de un estudio de mercado para la compañía fabricante. Dado el objetivo de la presentación, ésta carecía de interés para nosotras como periodistas y así me disponía a decírselo, achacándolo a una interpretación errónea en la comunicación del evento. Pero antes de que pudiera empezar, mi compañera se adelantó y, mirándome como si lo hubiéramos hablado, le dijo que no se quedaba porque era “un rollo de evento, que no le valía para nada”.


El rostro de la responsable de relaciones públicas “mudóse de color” dirigiendo su mirada hacia mí, que reaccioné y, en el tono más neutro que me fue posible, le dije que se trataba de una confusión, dado que al ser profesionales de prensa habíamos acudido a la presentación de un estudio económico y de tendencias de consumo, y no a formar parte del mismo. La portavoz de la empresa pareció entenderlo y nos despidió con amabilidad, su rostro ya recuperado. Al salir, mi compañera elogió mi “diplomacia”, lo cual agradecí, al tiempo que me hizo reflexionar sobre el poder que tiene no sólo el lenguaje, sino también cómo lo manejamos, la forma en la que hablamos y decimos, tanto a los demás como a nosotros mismos. Desde el Coaching te invito a hablarte(nos) mejor.


Inferencias y creencias


Al hablar a los demás, o a nosotros mismos, partimos de unas inferencias o creencias, “si veo que alguien llega y no me saluda cada día, me digo que es un antipático; sin embargo, lo que hago es una inferencia, pues la realidad es que él no me saluda”, dice Miriam Ortíz de Zárate, socia directora de Centro de Estudios del Coaching (CEC); “las creencias son inferencias, deducciones, opiniones que hemos asumido como si fueran la realidad y que pueden referirse a una misma, a los demás, a aspectos de la vida, del trabajo o de las ideologías; en el fondo, las inferencias son maneras de clasificar.


Sociedad, familia y cultura son las fuentes principales desde las que brotan nuestras creencias que, según Ortíz de Zárate “son como transparentes, pues no somos conscientes hasta que nos rebelamos contra ellas o las vemos en otra persona, como es el caso de asomarnos a otra familia, cuando cuestionamos sus conductas, sus comportamientos y según eso vemos nuestra realidad”.


Expresiones como “no valgo para esto”, “ no puedo”, “no me lo merezco”, “no soy suficiente”, “hay que sufrir” o “hay que esforzarse” son parte del elenco de creencias más utilizado; “son las gafas con las que miramos el mundo; algunas las heredamos de los padres, abuelos o tíos y mediante ellas confirmamos algo que tenemos arraigado de forma previa, como una creencia que estaba por delante”, dice Miriam Ortíz de Zárate, que asegura que “pocas veces nos paramos a analizar esas inferencias y muchas de ellas son producto de nuestras propias experiencias; hay que decir que nos hacen daño, pues nos impiden nuevas experiencias, con nosotros mismos y con los demás”.




Hablar desde la creencia puede obstaculizar el acto mismo de la comunicación, también cuando hablo conmigo; sin embargo, tal y como subraya la directora de CEC, “no son buenas ni malas, pero ¿abren o cierran posibilidades?, es decir, evitamos juzgarlas y nos centramos en averiguar si nos sirven o no“. Según esta experta coach, las inferencias no son la realidad, generalizan, son ciegas e independientes de la acción “como un software en nuestro hardware cerebral”, influyendo en el observador que somos.


“En Coaching se trabaja con las creencias que están bloqueando los objetivos del cliente”, dice Ortíz de Zárate; “algunas nos comprimen y otras, en cambio, nos expanden y son estas últimas las que buscamos”. Dice esta experta que las primeras, llamadas limitantes, tienen mucho que ver con el amor: “para que me quieran he de ser buena, he de callarme, es mejor no gritar, he de estudiar mucho” pues tienen la tendencia de polarizarse, de irse a los extremos. “No sabemos cómo son las cosas, no sabemos cómo es la realidad, pero mi percepción de la misma es tan legítima como la de otros; ahora bien, si estoy en la posición correcta, deduzco que tú estás equivocada, por lo que, como soy buena persona, intento convencerte de que te vengas a mi lado de la realidad, de la interpretación de esa realidad, de mi percepción ‘correcta’”, dice la directora de CEC.


Etiquetas en la frente


En relación con las inferencias y los modos de hablar, las etiquetas o calificativos que ponemos a nosotros mismos y a los demás determinan también nuestra forma de entender la realidad. Expresiones del tipo: “la quiero muchísimo, pero lo cierto es que es una egoísta” o también “desde el cariño te lo digo, eres un cobarde”, pasando por “es que soy un desastre, no me organizo” o “no es por criticar, pero a veces es un poco ‘bocas’” nuestras marcas o etiquetas se pegan como un pos it en la frente de la persona a la que nos refiramos, también en la nuestra.



La coach Miriam Ortíz de Zárate nos acompaña en el entrenamiento, en seis pasos, para disolver esas etiquetas, para que dejen de ser asertos o creencias limitantes y nos propone “pensar en una situación en la que se vea esa cualidad; es importante escoger un momento concreto, por ejemplo, en tal escenario hizo cual cosa, lo que es una inferencia”; “después he de colocarme ante ese hecho y pensar qué emoción me produjo tal situación”. El paso siguiente, según esta reputada coach, es preguntarnos ¿qué reacción tuve?, es decir, si le dije, no dije nada o me desahogué con otra persona, para posteriormente “buscar otra inferencia distinta, una etiqueta que sea más benevolente, por ejemplo, frente a la marca “es una egoísta” la de “está sobrecargada de trabajo” o “tiene heridas de su infancia” o “tiene miedo”, que lo explicarían, aunque no lo justifiquen”.


En el quinto paso, podemos preguntarnos qué cambiaría en la emoción al modificar la inferencia para luego decirnos ¿qué reacción tendría ahora? “Esa reacción diferente me abre nuevas posibilidades, ya que lo que nos enfada no es el hecho, sino la inferencia que hacemos acerca del mismo, lo que yo me digo a propósito de tal hecho”, dice Ortíz de Zárate; “es mi cuento, soy yo quien genera la emoción, por lo que, si separo el hecho de la inferencia, de la emoción y de la reacción, me da el poder de revisar todos estos conceptos, de hacer algo diferente para que no me haga daño y también para cuidar la relación”.

Desde el Coaching, te invito a poner atención en cómo te hablas, a parar el discurso, cambiarlo a lo contrario y repetir, repetir y repetir, de forma que tu cerebro automatice esos conceptos, transformando así tu realidad.




¡Feliz Cambio! ¡Feliz Coaching!

Y recuerda que…

  • Al hablar a los demás, también a nosotros mismos, partimos de unas inferencias, opiniones o creencias que limitan nuestra realidad

  • Las creencias son maneras de clasificar a propósito de un mismo, de los demás, de aspectos de la vida, del trabajo o de las ideologías

  • Las etiquetas que atribuimos a los demás son transparentes, por lo que no somos conscientes hasta que las vemos en otra persona

  • Al evitar juzgarlas, podemos averiguar si esas creencias nos sirven o no, pues hay veces que nos ayudan

  • Para hablar mejor podemos entrenar el cambio de la inferencia por otra más benevolente, comprobando cómo cambia nuestra emoción ante el hecho

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